あるがまま (arugamama)

Niebla

 

Tras décadas de estancamiento económico, desastres naturales concentrados en un corto periodo de tiempo, siendo azotada por tifones de forma periódica y esperando un gran seísmo en el área de Tokio en los próximos años, ¿cómo puede la sociedad japonesa desarrollarse sin caer en el desánimo?, ¿cómo y de qué forma conviven con el desastre?

Encontramos la respuesta en el carácter japonés, basado este en el las cosas son como son o “arugamama” (あるがまま); para qué desperdiciar tiempo y esfuerzo en lamentarse si aún hay tanto que podemos hacer para mejorar. 

Las claves de esta actitud debemos buscarlas en el contexto histórico-cultural japonés. En él, por un lado, encontramos una sociedad marcada por un fuerte carácter insular, lo cual se traduce en un arraigado sentimiento de pertenencia al grupo. Este sentimiento se vio intensificado en el seno de una sociedad basada en la agricultura arrocera, la cual necesitaba para su propia subsistencia un trabajo comunal ininterrumpido.

El segundo factor que determinó y sigue determinando la realidad de Japón, es una naturaleza indómita y exuberante que aparece siempre como elemento amenazador y complementario para esta cultura.
Es esta naturaleza hostil, a la vez que generosa, la que condiciona de forma indiscutible el desarrollo y la psique de este pueblo. Mar y montaña, así como fenómenos naturales y cataclismos, llevan obligando al pueblo japonés a adaptarse a ellos desde épocas inmemoriales.
Así, es esta misma idea la que organiza todo lo que Japón significa, ya sean ciudades, mitología, espiritualidad, su conciencia como grupo o su resistencia y persistencia a la hora de sobreponerse a todo tipo de contratiempos.

Temple

 

Si comparamos esto con nuestra realidad cotidiana veremos que existen diferentes tipos de culturas, marcadas estas por el clima al que se circunscriben.
El clima, además de condicionar el tipo de agricultura predominante, hace que se modifiquen los esquemas divinos (dioses que observan o influyen); así como la particular construcción de los núcleos sociales y su desarrollo cultural.
Las diferencias climáticas con respecto a Occidente se ven con claridad en el carácter regular de la temperatura y los fenómenos meteorológicos. La inexistencia de tifones, terremotos o tsunamis hacen que nuestro desarrollo social se caracterice por una permanencia y seguridad de la que ellos carecen, debido a la naturaleza salvaje que les envuelve.

La tradición occidental gira en torno a la superioridad del ser humano, ante cuyo avance no existe elemento que no se pliegue, confiriéndole con ello un carácter semidivino apoyado por las creencias religiosas monoteístas.
Nada más alejado de la naturaleza feroz y agreste a la que se enfrenta el pueblo japonés; con pobres espacios para el cultivo y constantes desastres que también son símbolo de unos kamis que surgen y acaban en esa misma naturaleza.

Es esta cercanía constante a la catástrofe y la desgracia (conjugada con una religiosidad y unos preceptos budistas que facilitan este comportamiento), la que ha hecho que se interiorice de forma colectiva dicho espíritu de superación ante la adversidad.

La resistencia del pueblo japonés se fundamenta en su capacidad de inclinarse y plegarse ante las inclemencias y devenires de la historia. Como el bambú, que siempre retorna a la posición en la que todo comenzó, sin importar cómo de fuerte haya sido golpeado.

 

bamboo

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