100 horas de soledad

Empezar un viaje como el de Málaga – Tokyo, dividiéndolo en diferentes trayectos y escalas con múltiples duraciones hace que dependiendo del momento las sensaciones y sentimientos varíen, como si de una montaña rusa se tratara; se puede pasar de la más absoluta felicidad a la perplejidad y vértigo ante lo que espera después de más de un día de viaje, experimentando por supuesto el terror, la nausea, la emoción, el nerviosismo, el aburrimiento o la indiferencia.
Por eso yo, que para bien y para mal ya he vivido viajes y situaciones similares, procuro remitirme al momento, pensar en qué será y cómo puede salir el siguiente pequeño paso que me acercará un poquito más al aeropuerto final.
Y tras años, kilómetros y experiencias, por suerte, siempre encuentro reconfortante un buen libro (esta vez cambiando el formato a digital), música y un refrigerio que haga un poco más liviana la espera hasta los nervios del siguiente despegue.

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Así, ya hace varias semanas, dejé atrás todo lo que buenamente he conseguido conocer en 28 años y empecé un viaje que me llevó a través de 44 horas (25 de ellas de vuelos y escalas) a recorrer los miles de kilómetros que separan 4 aeropuertos, 3 países y husos horarios dispares.
El trayecto de forma resumida sería:

  • Málaga-Madrid
    (noche en Madrid)
  • Madrid-Doha
    (6 horas de escala)
  • Doha-Osaka
    (1 hora de semi escala)
  • Osaka-Tokyo

Como todas las despedidas, las mías fueron tristes e intensas, sin poder dejar de preguntarme una y otra vez durante la noche en vela que pasé antes de partir si realmente merecía la pena el paso que iba a dar, pero una vez empieza todo no se puede parar (por mucho que en el último momento miles de pensamientos extraños pasen por la cabeza).
La primera parte del viaje la hice en AVE, un método de transporte que sinceramente prefiero al avión por simple y cómodo, pero que se quedaba demasiado pequeño a la hora de guardar mi extremadamente grande y pesado equipaje; tras darme cuenta de que esta superaba ampliamente el peso ideal para el viaje, tuve la oportunidad de deshacer y dejar algunas cosas por el camino, porque si con 8 kg menos fue pesado… no quiero ni imaginármelo con la maleta como estaba.

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En Madrid, y por segunda noche consecutiva, eso de conciliar el sueño fue algo difícil y lo poco que conseguí cabecear fueron momentos muy reparadores (con ensueños extraños y desconcertantes), sin embargo seguía estando demasiado acelerado como para pensar en algo que no fuera lo que me esperaba a 12000km de allí.
Sinceramente los recuerdos se vuelven atropellados en esta parte, entre llegada a la T4 de Barajas a las 6 de la mañana y la espera para embarcar pasaron más de 4 horas, pero la facturación (con su consiguiente negociación del peso y los libros, ordenador y guías fuera del equipaje de mano para que evitar que legara a los 14kg en el mostrador), el control de seguridad, el traslado hasta la T4 Satélite y mi búsqueda de enchufes hicieron que antes de darme cuenta estuviera haciendo cola para entrar en el Airbus A330-200 que me llevaría hasta el emirato del Golfo Pérsico.

En todo este tiempo, y ya empezado el viaje internacional, siempre intenté aprovechar al máximo los beneficios que mi compañía de vuelo me ofrecía; en unos asientos aceptablemente anchos (sobre todo si se comparan con cualquier Low Cost a la que estemos acostumbrados) y en ventanilla todo el tiempo, me dediqué a hacer que mi cuerpo no sintiera ni padeciera, consiguiéndolo mediante la ingesta ininterrumpida de comida y el aprovechamiento de la barra libre que me ofrecían en todos los trayectos (con pasión pero siempre con moderación).
Combinad dos noches sin dormir y un par de cervecitas a 10000metros y se obtiene la mejor forma de dormir como un bebe.

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Y entre arenas rojas que llegaban hasta el horizonte mientras se ponía el sol llegué al aeropuerto de Doha, punto de enlace entre Asia y Europa, en cuya pista sentí por primera vez el cálido y especial abrazo del desierto, una suave brisa nocturna de 35º que me hizo sentir como en casa con mi pantalón largo, mis botas de invierno (mejor en los pies que ocupando espacio en la maleta) y mi chaqueta.
Cabe decir que, tras todo lo que había leído, me esperaba un aeropuerto más rudimentario y pequeño, pero aunque no excesivamente grande, encontré un aeropuerto vibrante de vida, con personas de todas las nacionalidades (los españoles fácilmente reconocibles por las equipaciones Quechua) y con los atuendos más variopintos, por lo que el tiempo de conexión se pasó más o menos rápido entre comida árabe, personas a las que mirar absorto de reojo y la paranoia constante de tener que proteger mis mil pertenencias de un eventual robo.
Y por fin, tras preocuparme de llegar a Madrid, del peso del equipaje, de la terminal de transbordo en Doha, de mis pertenencias y de mil cosas más empecé a embarcar en el Boening 777 que me llevaría hasta Japón.

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De este vuelo me quedo con el momento en que descubrí la forma antinatural que se recrea el ciclo vital y diario dentro de un avión; esto lo digo porque al poco de salir de Doha nos sirvieron la cena, mientras tanto comenzaban a ver visibles los primeros rayos de sol en el horizonte.
Al terminar de cenar y retirar la bandeja, la azafata me recomendó que cerrara la persiana para que no me molestara la claridad y permitir así un mejor descanso a los pasajeros, algo que hice dado que mi cuerpo me pedía siesta (además con almohada, pantalla multifunciones, una mantita y unas alpargatas nadie puede resistirse); a la vez las luces poco a poco iban volviéndose más tenues, favoreciendo el adormecimiento colectivo.
Fue tras varias horas, cuando al despertar adormilado abrí la persiana siendo golpeado brutalmente por una luz cegadora que me descubrió el imponente paisaje de la meseta desértica de Loes; sin embargo mi sorpresa vino al poco tiempo, cuando las luces de la cabina comenzaron a tomar una tonalidad rojiza cada vez más intensa emulando un amanecer, mientras acto seguido se comenzaba a servir el desayuno.
No sé por qué, pero la imagen que me vino a la cabeza de forma recurrente fue la de los humanos de la película de animación WALL-E, quienes vivían plácidamente a merced de los horarios y atenciones de máquinas.

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Después de comer-desayunar (o lo que fuera) y gastar unas cuantas (muchas) horas como buenamente pude, al fin asomaron por la ventana verdes e impresionantes las islas de Japón, despertando en mi la más absoluta de las alegrías.
Todo el tiempo que llevaba de viaje había merecido la pena y pegué la cara a la ventanilla durante todo el descenso al aeropuerto de Osaka, que está construido sobre una isla artificial; fue entonces cuando la impaciencia empezó a aparecer, quería bajar, tocar, ver, oler y sentir… y vaya si sentí, 30º y cerca del 100% de humedad… esto es Japón!!

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Esta escala fue algo extraña, ya que a diferencia de una escala convencional simplemente tuve que bajar del avión, pasar la seguridad interna del aeropuerto, dar una vuelta en un autobús por las pistas y volver al mismo avión del que me habían sacado…. eso sí, por el camino se quedaron la gran mayoría de pasajeros, quedando sólo unas 45 personas dentro volando hacia Tokyo.
Más tarde, mientras sobrevolaba el Tōkaidō con dirección a la gran masa urbana de la capital del Este, en un viaje al que sólo le restaba 1 hora de duración y en un avión casi para mí recordé como algo a tener en cuenta lo que habría sido de mi maleta, abandonada a su suerte hacía horas en Madrid; aunque para preocuparme realmente de ella antes debía pasar los controles de inmigración, con su correspondientes colas, papeleos, explicaciones para visado de residencia, petición de visado de trabajo temporal…. en resumen diré que los 40minutos gastados en todo ello no decepcionaron las perspectivas de aburrimiento que tenía en mente.

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Tras sobrevolar en la oscuridad la gran mancha luminosa de esta vasta área metropolitana, que alberga unos 36 millones de personas (un espectáculo imposible de describir), me dispuse a comprobar si mis temores sobre la última y peor parte del viaje eran ciertos.
Quien lo ha comprobado, sabe que es realmente frustrante darse de cara con la rígida burocracia japonesa, sobre todo si el funcionario de turno no está por la labor… y esta vez en principio no estaban muy por la labor de comprender que mi estancia principal era en Kyoto pero que pasaría unas vacaciones con mi visado de estudiante en Tokyo; es cierto que se confabularon muchísimos factores para ello, la escasez de personal, las altas horas, los cientos de personas haciendo cola, la cantidad de soldados americanos que llegaban sin visado, etc.
En principio, para mí, el calor insufrible se había convertido en una necesidad imperiosa de cambiar mi camisa por una camiseta y poder así recoger mis pertenencias de forma más cómoda, pero tras pasar casi más tiempo en una fila interminable y pesada que en el último trayecto en avión sólo quería salir de allí de una vez y que no hubiese problemas con la maleta y al recogerla con aduanas.

Para mi sorpresa, al conseguir mis visados, se terminaron de golpe los problemas y agobios comenzando con buen pie y impresionante eficacia mi estancia; en la cinta de equipaje correspondiente a mi vuelo encontré una amable señorita que estaba custodiando mi gigantesco equipaje mientras yo estuve demorándome en inmigración.
A continuación los oficiales de aduanas me permitieron pasar de forma fácil y amable al comprobar mis datos y mi estatus de estudiante y fuera pude relajarme tranquilamente y cambiarme sin temor alguno por mis maletas (eso es algo relativo, ya que aunque la seguridad aquí es infinitamente superior a España, aún me hicieron falta un par de días para dejar de vivir abrazado a mis pertenencias), tras lo cual el encontrar mi tren y guardar mi equipaje fue la parte sencilla de tener que convivir de nuevo con el monstruo azul en el que llevaba mis cosas.

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Por fin, con una banda sonora elegida para la ocasión y un nudo en el estomago, a través de las ventanas del tren rápido que me llevaba a al centro de Tokyo se abrió ante mí el país que vine buscando desde el otro confín, el que estudio y me fascina y del que espero me haga comprender de primera mano tantas cosas; estaba en la ciudad de Tokyo, capital de las islas del Sol Naciente, neones luminosos que encendían la noche y promocionaban miles de kanjis, completamente rodeado de japoneses y con tantos retos y aventuras por delante que era imposible quitarme la sonrisa de la boca.
Fui consciente de que había empezado la aventura real, tras muchas penurias y rayadas había llegado a donde quería y la primera etapa de este año se desarrolla en Tokyo… pero eso, es la historia de la semana que viene.

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