100 horas de soledad

Empezar un viaje como el de Málaga – Tokyo, dividiéndolo en diferentes trayectos y escalas con múltiples duraciones hace que dependiendo del momento las sensaciones y sentimientos varíen, como si de una montaña rusa se tratara; se puede pasar de la más absoluta felicidad a la perplejidad y vértigo ante lo que espera después de más de un día de viaje, experimentando por supuesto el terror, la nausea, la emoción, el nerviosismo, el aburrimiento o la indiferencia.
Por eso yo, que para bien y para mal ya he vivido viajes y situaciones similares, procuro remitirme al momento, pensar en qué será y cómo puede salir el siguiente pequeño paso que me acercará un poquito más al aeropuerto final.
Y tras años, kilómetros y experiencias, por suerte, siempre encuentro reconfortante un buen libro (esta vez cambiando el formato a digital), música y un refrigerio que haga un poco más liviana la espera hasta los nervios del siguiente despegue.

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