Indigno de ser humano, Osamu Dazai

 

Tokio, el corazón de Japón. Centro político, económico y cultural que bombea su energía hacía el resto de capitales japonesas. Desde Sapporo a Naha.

Si las ciudades son grandes organismos vivos, ¿de qué se alimentan? , de sus habitantes. El crecimiento de las grandes urbes supone el paso de un espacio que el ser humano adapta para vivir; a ser un espacio al cual se adapta para poder vivir. No es fácil aceptar la derrota cuando aquello que nos vence en nuestra propia victoria.

Actualmente, y usando una expresión de Dámaso Alonso que sin duda alguna Dazai suscribiría, Tokio es una ciudad de más de 13 millones de cadáveres. Si bien el Tokio de  Dazai no alcanzaba ni la mitad de la cifra anterior, era ésta una ciudad ya completamente moderna, independiente organismo hambriento.

“Indigno de ser humano” es una narración  autobiográfica apenas disfrazada de ficción donde Dazai conjura sus primeras experiencias como estudiante en Tokio. Escrita casi 20 años después, la novela  es fruto de la angustia vital y los fantasmas que, solamente 3 meses después de su publicación, llevaron al escritor a acabar con su vida, arrojándose a un canal del río Tama junto a su amante.

El libro, dividido en un prologo, tres cuadernos de notas y un epílogo, utiliza la técnica del manuscrito encontrado, método efectivo para añadir un marco de ficción pero conservando el tono personal del relato. Es por esto que a pesar de los localismos que evidentemente contiene, es una novela de fácil acceso para el lector occidental.

En ella, el protagonista, Yozo, un enfermizo muchacho de provincias, es guiado por su experimentado amigo Horiki a través de un Tokio amenazador y oscuro en el que va cayendo más y más sin casi oponer resistencia:

    “Al poco tiempo de estudiar pintura, uno de mis compañeros me hizo conocer el alcohol, el tabaco, las prostitutas, las casas de empeño, y el pensamiento de izquierda.”

 Un viaje grotesco y decadente a través del Tokio de los años 40′, por los izakayas y cafés de Asakusa, Ginza y Kyobashi. Sobreviviendo a base de platos populares como  yakitori y gyūdon y participando en las actividades revolucionarias de los incipientes grupos marxistas de la capital.

Pero no es solo un relato sincrónico de la ciudad de Tokio, es plenamente una novela urbana que refleja la marginalidad inherente a toda metrópolis.

 

 

Hoy día, podríamos establecer un nuevo mapa etílico en el cual figurarían barrios como Kabukicho, Ikebukuro o Roppongi, aunque casi en cualquier sitio es posible localizar un lugar donde beber sake, shōchū  y cerveza; así como  encontrar víctimas de la ciudad, malos actores de Kyōgen que duermen a la entrada de estaciones de metro y tren.

Y es que la novela es el testimonio de un ser humano atormentado, incapaz de adaptarse  ni comprender las exigencias de una sociedad artificiosa que le impone la necesidad de mostrar felicidad, interés y complacencia sin mácula. Aquejado de un miedo crónico a las interacciones sociales, su única salida es ocultar su verdadera naturaleza bajo una máscara cómica.

Todo ello en una ciudad capaz de corromper al confiado, al débil o al loco,  impidiendo cualquier posibilidad de redención.

Yozo y Horiki, en su juego de “adivinar antónimos” establecen que si bien el antónimo de negro es blanco, el de blanco, es rojo.

Tokio fue la gran ciudad roja de la que ni Yozo ni Dazai pudieron escapar.

 

 

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